lunes 30 de noviembre de 2009

De cómo la escriba defiende las obsesiones y ataca la psicología luego de ver El secreto de sus ojos

Sandoval (Guillermo Francella) intérprete de las líneas más geniales de la película

Si el título quijotesco desconcertó a más de uno, las reflexiones que a continuación haré no prometen dar más certezas e incluso habrá algunos que quizás se indignen, en fin, para eso está el espacio de comentarios donde gentilmente pasaré a recibir flores y palos.
Nota: se transcribe al principio de este híbrido texto un monólogo clave de la película argentina El secreto de sus ojos. Si algún lector todavía no la vio y no quiere que le arruinen ningún momento de sorpresa, absténgase de leer esta entrada. Si por el contrario, es de aquellos como yo que leen la última página de los libros antes que la portada, consuma este escrito sin asco. Para aquellos amigos de otros países les cuento que la peli fue la más taquillera de la temporada, es un excelente policial y está preseleccionada para el Oscar. Si en 5 años la ven made in usa protagonizada por Tom Cruise y Angelina Jolie, busquen la original y comprobarán, como sucede siempre, que es infinitamente mejor.

"Miráme, pelotudo, soy un tipo joven, tengo un trabajo estable, una mujer que me quiere y acá me ves, en estos tugurios de mala muerte, poniéndome en pedo y agarrándome a trompadas. ¿Sabés por qué? Porque ME ENCANTA. Miráte vos, muerto de amor por Irene, sin decirle una palabra, cuando la mina tiene el escritorio tapado de revistas con vestidos de novia porque lo único que quiere es casarse con otro. Mirá al hijo de puta que buscamos..." (el monólogo de Sandoval sigue y nos enteramos de la obsesión futbolística que tiene el asesino de la película). En El secreto de sus ojos todos los protagonistas son obsesos. Esas miradas enigmáticas que tiñen el film como un cielo -proyectadas desde fotografías o realidades dolorosas- disparan en los personajes sus deseos más pertinaces.

Si estos seres de ficción existieran, cualquier psicólogo diplomado les diagnosticaría, sin dudarlo, trastorno obsesivo compulsivo y los derivaría a un psiquiatra quien les recetaría una batería de ansiolíticos (para desenfocar la realidad) y antidepresivos (para enfocar la "energía" en la realización de acciones banales pero productivas, que hay que "aceptar la realidad" y dejarse de pajaritos). Por supuesto, toda esta reorganización química tendría que estar acompañada de una fuerte terapia cognitiva (si se trata de un sujeto pragmático y voluntarioso que se proyecta a la acción) o psicoanalítica (si, por el contrario, es un ser meditabundo con inclinaciones detectivescas que quiere descifrar sus quilombos presentes rastreando su más remoto pasado). Y entre pastillas y charlas desestructurantes, ¿el obseso olvidará su obsesión? No, puedo asegurarlo, no. La dormirá con arrullos por un tiempo, dejará que hiberne como un oso o, en el mejor de los casos, la metamorfoseará en otra, pero la obsesión no desaparecerá.

Tenemos unas huellas digitales, un ADN, unos iris, un cúmulo de obsesiones único. Son nuestra foto carnet, nuestra carta de ciudadanía, eso que llamamos "yo "y es diferente a "usted", querido. Es sabido, esos deseos pertinaces que son las obsesiones solo tienen dos caminos posibles: la plenitud vital o la tumba. Detestables o envidiables, esos deseos nos constituyen. Por eso me hace gracia cuando desde la boca de un terapeuta, un libro de psicología o el discurso de un gurú televisivo nos recomiendan "soltar", "desapegarnos" o "borrar las ideas negativas" (léase: sinónimo de obsesiones políticamente incorrectas). También otros recomiendan "hacer duelos de lo que quisimos y perdimos o nunca tuvimos" ("¿Perdió la lapicera, herencia de su padre? Duelo. ¿Extravió la tarjeta de débito para retirar su sueldo? Duelo. ¿Quiere conocer Egipto pero es un empleado público latinoamericano? Duelo"). Toda esta sarta de pavadas dichas con las más afables sonrisas. Pretenden que seamos eficientes máquinas de reciclar basura. No, señoras y señores, profesionales de buenas intenciones, no somos esas máquinas. Tampoco barcos que van a mantenerse a flote arrojando un poco de lastre. No quiero ser un sujeto anodino que "suelta" porciones de sí para transformarse en otro siempre distinto. Aquí me planto pero también así sigo.

"A mi manera", "yo soy aquella" que puede peinarse más de media hora los rulos. Que no sale a la calle sin un litro de agua, su talismán saludable. Que come una bolsa de papas fritas -de cualquier tamaño- hasta la última. Que lee 10 horas seguidas interrumpidas solo por un té. Que escribe de manera desordenada desde un poema hasta un acto escolar, mucho, cada día más. Que oye los discos de Serrat mil veces y le promete al catalán más dulce de la tierra mil escuchas más. Que estudia con la devoción de un monje desde una clasificación lingüística hasta el análisis de una novela de tesis. Que duerme siestas de 3 horas -con camisón incluido- cada vez que puede (en mi casa piensan que es un signo de depresión pero estas "desconexiones" son un placer). Que se enamora hasta la médula de hombres definitivamente imposibles. Que llora en abundancia y sorpresivamente como si las lágrimas vinieran desde afuera y no tuvieran origen en una pena profunda. La lista sigue y mi diagnóstico es preocupante: obsesiva compulsiva, tendencia depresiva con descargas acuosas importantes e inútil acumulación de horas de sueño, cosumidora voraz de productos chatarra, romántica incurable y masoquista.

Ya lo ven, ¡tendrían que internarme! Pero sería una pena porque cada vez me gusto y me acepto más. Y así como dije hace unas líneas atras: "aquí me planto y así sigo", ahora les digo a ustedes, conocidos o por conocerme: "así me toman o me dejan".

sábado 21 de noviembre de 2009

Arte poética II



Violentarte, silencio
y recortar en tu centro
con estos filos oxidados
un poema mínimo
un agujerito
en tu tela celeste
de cielo sin fisura.

Cercarte, silencio
con la amenaza húmeda
de mi lengua.
Introducirme allí
donde las fibras ceden
y tus hilos se rompen
a mojarte de versos.

martes 3 de noviembre de 2009

Todopoderosa


I've got the power
(The power, Snap!)

Llega una edad en que los familiares, amigos y conocidos ya no preguntan: ¿para cuándo un novio?, ni esas boberías que se suelen acostumbrar a interrogar a una señorita sola de 35 años para romper el hielo de una conversación o simplemente para romper las pelotas. En fin, mucha de esta gente bienintencionada que sabe cómo odio esa pregunta ha empezado a regalarme estampitas. Sí, de vírgenes, de santos, de cristos lacerados o en plena salud, en fin, yo creo que en el acto de entrega puedo oír un silencioso, fervoroso y sincero "¡suerte!". ¿Con qué? Ni yo lo sé, porque, convengamos, aunque estoy sola y me agarra el bajón del domingo a la tarde, estoy bastante cómoda con mi condición, mis padres dirían que MUY, pero no utilicemos superlativos ajenos ni metamos al Helmut y a la Chechi en esto, verdaderos santos de mi devoción. Recibo los obsequios religiosos con agradecimiento como cuando me dan chocolates que me provocan alergia pero callo y sonrío porque primero, cómo no, el respeto por las buenas costumbres. La verdad es que creo poco pero a dios le reservo la última palabra o, sencillamente, la muerte. Como me aburro, sobre todo los domingos en la tarde, he empezado a leer las estampitas y he caído en la cuenta de que tengo dos de san Expedito, el patrono de las causas urgentes. A este santo armenio se le presentaba un cuervo, en realidad un camuflaje de las temibles fuerzas del mal, y le gritaba: "¡Mañana, mañana, mañana!" El santo, ni lerdo ni perezoso, como todos los de su especie, venció al bicho gritándole: "Nada de postergaciones, es para ya mismo". ¿Y si al otro día se ganaba la grande? Nada. Ni caso. El Expedito este dijo como Ortega y Gasset: "Santo, a las cosas".

Casi una experiencia religiosa

De tanto santo en la cabeza, o simplemente de aburrimiento por eso de ser una señorita sola de 35, o las dos cosas a la vez, volviendo de mi trabajo hace dos semanas atrás, en esa larga travesía de 60 km que separa mi casa de la escuela de Las Catitas, veo una bandada de gorriones que pasa lentamente frente a mí. Hacen una V perfecta. Atardece. El rosado del cielo, el azul de la montaña, la maravilla de la naturaleza y, en la radio, las 150 causas de por qué pierde River una y otra vez. A los dos días, la misma bandada, en el mismo lugar, a la misma hora y un periodista que enumera las 150 causas de por qué River no levanta cabeza. ¿Qué lugar? La bajada de un puente de la autopista: "Buen Orden, retorno", indica el cartel. ¡Mierda, qué coincidencia!, exclamó. Desde ya aclaro que no creo en el destino salvo en las tragedias griegas. A la semana siguiente, lunes y miércoles, las avecitas traidas por Sarmiento junto a los eucaliptos y las maestras norteamericanas, vuelven a saludarme con su V. Cuatro veces es más que coincidencia o destino o señal: es sencilla locura. Ayer, antes de pasar por el puente, dije y señalé con el dedo: "y ahora aparecen los gorriones", y aparecieron mientras me miraba el dedo y buscaba en él algún brillo cinematográfico como el de E.T.

Explicaciones y divagaciones

¿Cómo comprender estas prodigiosas experiencias que acababa de vivir? Primero, busco una explicación racional: el ruido de mi motor moviliza a los gorriones que salen de la modorra en que se hallan arriba de los álamos. Siempre paso yo sola, ningún otro vehículo. Me tranquilizo y, por unos minutos, me siento Colón parando un huevo o Arquímedes gritando eureka. Después, mi costado esotérico y semiótico empieza a buscar signos: la V son los gorriones haciendo el más antiguo saludo de victoria del mundo. El cartel es clarito: tengo que retornar a un antiguo orden de cosas perdido. Todavía no descifro el insistente comentario periodístico criticando a River, pero supongo que no tiene otra explicación que la de que están jugando horriblemente mal.

Negocios para atar y desatar en la tierra

Espero que ninguno de ustedes, queridos lectores, se amontonen para imprimir mis estampitas. Si lo hacen, desde ya les exijo un diezmo que podrán girar vía internet a mi cuenta bancaria. (Daré encantada la información sobre la misma por correo electrónico). El que se decida a imprimir mi imagen deberá consultar conmigo datos de diseño, vestuario, atributos (¿un gorrión?, ¿una rama de álamo?) y mejor perfil.

martes 20 de octubre de 2009

Último trámite

El arco de los días, en un año, la lleva al mismo lugar. Claro, la dirección no es igual, tampoco los apellidos españoles que brillan en la placa de entrada. Dentro del consultorio, se acomoda en una silla de oficina que vibra por el temblor de su cuerpo. Una mesa de escritorio de aglomerado barato la separan del hombre de bata celeste. El médico esboza una sonrisa giocondina: "lo siento". ¿Qué siente?, esto lo hace todos los días, sentiría vergüenza si no dijera lo siento, eso sentiría. Ella llora unos segundos y cesa de temblar. El profesional llena el formulario sin dejar de preguntar: nombre, edad, fecha de nacimiento, nacionalidad, nombre de los padres... ¿Nombre de los padres? No sé cómo se llamaban mis bisabuelos, ¿Por qué nunca lo pregunté? No me importaba, qué me iba a importar, soy una ignorante, me siento desolada. Un llamado telefónico y la respuesta necesaria. El doctor sigue con el interrogatorio: "¿qué ponemos en causa de deceso?". Usted era SU médico, ¿a qué viene la pregunta?, ¿me quiere hacer partícipe de una verdad a medias? ¡Ponga lo que quiera! No, mejor no. Ponga: murió porque deseaba morirse. "Perdón, señorita -repite el médico- ¿qué ponemos en causa de deceso?, ¿paro cardiorespiratorio?", "sí, sí, usted sabe, se durmió y no despertó más".

Pero su abuelo y su nona habían muerto meses, incluso años antes de los últimos días de respiración agónica. Su abuelo se fue de a poco cuando "ellos" empezaron a decidir por él. "Ellos no quieren que coma", "ellos no me dejan de hablar", "ellos gritan cuando quiero dormir". Su nona desapareció una mañana cuando bajó corriendo la escalera para ver en la calle el cuerpo de su hombre desangrándose. Esa misma noche, cuando murió su esposo, ella ya estaba cien metros bajo tierra. A la mujer enérgica, la suplantó un espectro quieto, mudo, que podía sonreír sin entender, que podía inquietar con sólo mirar.

Los fantasmas siguen en la casa de su abuelo. Duermen en los sillones y ella los sopla para poder sentarse. Los pasos de su nona bajan una y otra vez la escalera para ver al caído y resuenan leves como los de un pequeño animal. Implacables con sus únicas víctimas, fantasmas y pasos ahora son inofensivos. Acabarán cristalizándose con los recuerdos -sólo los buenos- de dos viejitos que decidieron morirse el mismo año.

A mis abuelos Federico y Elsa.

sábado 10 de octubre de 2009

Día del maestro en la montaña


¡Salus per aquam! exclamaba alguno prohombre romano en el s. IV, probablemente miembro de la camarilla del emperador, mientras el mundo se venía abajo, los hunos -que ya sabían esto de "que todos los caminos conducen a Roma"- avanzaban en sus caballos secapasto y la historieta de los cristianos traía más dolores de cabeza que los desequilibrios de un Nerón o un Calígula. ¡Salus per aquam! que no hay nada mejor que el agua tibia, el vapor y los masajes si mañana moriremos. ¡Salus per aquam! exclamamos este grupo de profesores cuando en lugar de optar por cena opípara y bien regada, incluida resaca mañanera y dolor de juanete, decidimos ir a un SPA en la montaña para festejar el día del maestro. Las cosas están igual entre los senadores de toga y nosotros: el mundo -como siempre- sigue viniéndose a pique y en ningún momento podemos dejar de escuchar de cerca los cascos potentes de los caballos del norte. Pero no todo fue placer acuoso para esta cronista que, debe reconocerlo, esta haciendo un lento -pero seguro- camino entre una joven exigente y una vieja quisquillosa o rompepelotas.

¡Calentitos los bollos!

El primer paso obligado del circuito cronometrado de agua en sus estados gaseoso y líquido -o sea, spa- es el sauna: media hora en un horno a 60Cº o como se siente una flauta a las 6 de la mañana. Esta vieja quisquillosa que entre su lista de achaques tiene la presión baja, duró en el horno de pan 5 minutos. En ella se cumple perfectamente una regla de tres simple sencilla: a mayor temperatura ambiental menor presión corporal y no era cuestión de empezar el recorrido con un desmayo incluido. Salí como una masita bien cruda y pedí a las empleadas una buena ducha escocesa de la que tenía tan buenos recuerdos de otro SPA.

¿Y si te agarrara una manguera de bomberos?

Después de comerme un kiwi y un té de jazmín sin preguntarle a mis intestinos qué efectos sufrirían en la mezcla, me metí en la mentada ducha. A mi pregunta, "¿está el agua caliente?" una sonrisa dubitativa y misteriosa fue mi única respuesta. Señores, ¡estaba helada! 6 eyectores de agua a alta presión, 6 picos de hielo punzando mi cuerpo aterido y yo preguntándome con los ojos cerrados dónde estaría la dotación de bomberos escoceses que querían apagar un incendio conmigo. Y yo quise salir corriendo... pero la chica de las sonrisas misteriosas me dijo que me quedara unos 5 minutos más y, consciente de mi hinchapelotés, obedecí como una asceta o como el último antiguo estoico. Al salir me esperaba una bata mojada y una toallita del tamaño de una mano. Con eso me las arreglé para devolverle la circulación al glaciar de mi cuerpo.

Un paseo por Londres

Con el cuchillo del kiwi en la mano, entré junto a unos compañeros al cuarto de vapor. Esta estadía gaseosa fue agradable y alucinatoria. Media hora hablando de Jack el destripador con mi cuchillo aferrado y de las calles de Londres, que no conocía ninguno, pero no debían diferir a ese "ver sin ver" que estábamos experimentando mientras se descamaban las impurezas de nuestra piel. Tanto vapor se me subió a la cabeza y pude elaborar una reflexión: los ingleses deben ser tan ácidos y sinceros porque no pueden verse a los ojos, ¿no?

¡La verdadera agua bendita, amén!

¡Adentro, glup! Por fin al hidromasaje. Agüita a 35Cº, chorros en los lugares precisos, yo diría los puntos G para disfrutar el agua: las piernas, las caderas, el inicio de la espalda, el cuello... hum, maravillosa hora, amigos.

"Las manos mágicas te harán..."

Esta cronista solitaria necesitaría un masaje de amor o pago todos los días, se lo merece por buena, sensible, inteligente, generosa amiga... Pero, en fin, en su valle de lagrimitas cada tanto puede darse el gusto de que le unten la espalda y, a pesar de la horripilante música celta, le den felicidad y calor a sus músculos fríos. Si alguno de mis lectores tienen una compañía que se anime al masaje amateur, pídanle que con los nudillos les hagan viajecitos ida y vuelta desde la cadera hasta el inicio de las axilas por la orilla de la espalda. Después me cuentan y brindamos porque en el mundo haya sensaciones tan buenas.

Últimas horas

Cominos pastas con hongos, cerveza artesanal y vino blanco de esa Julia que es una santa. Mucho, había que brindar y festejar. Y si bien estoy tomando menos, ese día recordé a esos romanos también cultores de la ¡Salus per aquam!, sus glotonerías y grandes borracheras y me dije:"¿ por qué no ponerme al menos un poco alegre y suelta de lengua?". Y el cielo y el río se volvieron más azules, y la nieve de algunos cerros más brillante y las sonrisas de mis compañeros más expansivas... ¡y mi sueño
más calamitoso! Me dormí un rato, leí un libro que había en el área de espera "108 consejos para ser más generoso", (uno de muestra: "si ellos te la dan -a la generosidad- tu tienes que entregarla".), me tomé un té de mandarina y esperé mi máscara facial de barro no muy distinta a la que me hago con avena un sábado al pedo. Pero bueno, yo no prendo velas ni pongo...¡odiosa música celta!





Y colorín colorado




Esta foto es el verdadero SPA. Imagínense toda una tarde a la orilla del río comiendo sanguchitos de jamón y queso con cerveza o facturas con mate. Hablando de grandes temas -algo así como recordar la pelotudez de Heráclito "nadie se baña dos veces en el mismo río"- o asuntos más sabrosos como por qué se separó la de Matemática.



Ah, ¡Salus per aquam! Amigos.





lunes 28 de septiembre de 2009

Algunos apuntes sobre el arte




Hace 5 años escribí este texto ensayístico para una materia que, por entonces, cursaba en el profesorado de letras. Si bien en este tiempo mi bagaje de experiencias artísticas es más amplio, muchas de las reflexiones que en este texto esbozo las sigo sosteniendo y quiero compartirlas con ustedes (si tienen la paciencia de leerlo, por supuesto).

Si es absolutamente necesario que
el arte o el teatro sirvan para algo,
será para enseñar a la gente que hay
actividades que no sirven para nada
y que es indispensable que las haya.
Eugene Ionesco

El maestro dijo: “Niños, para el lunes van a traer una redacción sobre la vaca”. ¡Amplio mundo el vacuno! “¿Sobre que hablaré? –se preguntaba Marito-, ¿sobre el cuero?, ¿sobre la leche?, ¿sobre su relación con el toro?, ¿sobre su destino de parrilla?”. El infante se fue a su casa perseguido por cientos de preguntas. Ese fin de semana no durmió (o al menos lo intentó contando vaquitas).

Pasó todo el sábado viendo el canal Rural para informarse sobre el movimiento de cabezas en el mercado de Liniers. El domingo, sentado frente a su cuaderno de tapas duras Rivadavia, escribió: “La vaca es un animal que vive en nuestras pampas”. Iba bien encaminado. De pronto las frases se sucedieron y su mano maquinalmente las fue transcribiendo en el papel. El lunes, orgulloso, entregó su trabajo. Al día siguiente su maestro le devolvió la redacción corregida: “Está bien, pero no sé, Marito, faltó originalidad, faltó vuelo, parecía copiado del Manual Kapelusz”. El niño asimiló el golpe y escuchó con rabia cuando su maestro felicitaba a Gimena por su escrito Mi vaca y yo.

Un poco como Marito me fui a mi casa ese día que el profesor A. pidió un ensayo que versara sobre la finalidad del arte. ¿Cuántas veces he pensado sobre este tema? ¿En cuántas ocasiones he intentado definiciones para aproximarme a este ambiguo asunto? Han sido muchas: reflexiones de colectivo (lugar donde habitualmente hago este tipo de elucubraciones) que no conocieron el destino del papel. Quizás esta sea su oportunidad.

En primer lugar, descartó que el arte tenga finalidad. Como Ionesco, creo en su inutilidad y la honro como una verdad de fe. Lo útil parece propio de la vida animal y no de la humana. Para un oso es necesario comer, cobijarse, reproducirse, así se lo ordena su código genético. El hombre, en cambio, condenado a una existencia libre, puede construirse un destino único donde el arte cumple un papel destacadísimo ya que a través de sus creaciones puede acercarse a la trascendencia.

Si tengo que admitir una finalidad me quedo con la que propone Aristóteles “dar cuerpo a la esencia secreta de las cosas, no copiar su apariencia”. Esa esencia que, como revela Sócrates[1] a su discípulo Fedro, pudimos percibir en toda su pureza cuando nuestras almas estaban liberadas de la cárcel del cuerpo. El alma, una vez encarnada en el hombre, olvida este pasado mágico y sólo es capaz de rescatar de él algunas imágenes fugaces a través del amor por lo bello. El alma, entonces, se llena de alas pero no puede volar: una frontera de piel y huesos se lo impide.

EL PLACER: PRIMER MOTOR

¿Qué mueve al arte? ¿Qué nos arrastra, como público, a la contemplación de lo bello? ¿Qué motiva al artista a materializar sus obsesiones, sus sentimientos, su yo más íntimo? Sin duda la búsqueda de placer. Placer por hacer, por mirar, por escuchar, por tocar. Así, el creador, movido por este sentimiento, emprende un viaje que lo lleva a desafiar la materia: urde tramas nuevas con palabras viejas, pica la piedra y encuentra un cuerpo humano nunca antes visto, plantea en el lienzo nuevos sentidos para el azul. El final de esta tarea creativa es conflictivo. Muchas veces se presenta como una batalla campal que enfrenta al artista con su obra. Allí el placer es dolor, es alumbramiento: el objeto se escapa de las manos de su dueño, ya no le pertenece.

El público también busca satisfacer sus deseos de belleza. A veces lo logra, otras no. Cuando sucede lo primero atesora el arte que logra conmoverlo y así conforma un repertorio íntimo de experiencias estéticas: fragmentos de películas, diálogos de una obra de teatro, cuadros, motivos musicales, episodios de una novela, versos, poemas completos. Su identidad se enriquece con estos elementos. En mi caso, esta galería de recuerdos se nutre con el comienzo de La consagración de la primavera de Stravinski, la pintura El grito de Munch que confluye en esa boca–agujero negro que parece tragar todo el cuadro y al desprevenido observador que no fue preparado para semejante viaje, El álbum blanco de los Beatles, la poesía de Miguel Hernández, las morellianas de Rayuela… hay mucho más pero curiosamente esto es lo primero que me viene a la mente cuando repaso este inventario personal. Cada individuo hace recortes parecidos al mío. Todos válidos. Ninguno mejor o peor. ¿Con esto pretendo afirmar que toda apreciación del arte es subjetiva?

LO OBJETIVO Y LO SUBJETIVO EN EL ARTE

Respondiendo a la pregunta del apartado anterior, creo que la experiencia de cada persona con el arte es intransferible y responde a sus preferencias, a su educación, a su historia personal. Pero no todo es subjetivo en cuestiones estéticas. Hay un objeto que no cambia, que permanece inmutable a lo largo del tiempo: la creación. Allí está, expuesta a múltiples miradas, suscitando constantes interpretaciones que se impondrán o serán olvidadas.

En otro orden, lo objetivo se impone a través de “escalas de valores estéticas” que proponen criterios para evaluar la calidad de una obra. Categorías como “maestría en la ejecución”, “originalidad”, “armonía de elementos internos” se usan para inmortalizar o condenar un trabajo. La que esto escribe poco cree en estas gradaciones, más bien se deja invitar por la emoción. Hasta ahora su brújula no la ha traicionado. Nunca, por ejemplo, contemplará extasiada La Gioconda aunque un ejército de críticos la quieran catequizar sobre la calidad indiscutida de su trazo, sobre la técnica del sfumato que el artista introduce en el paisaje, sobre la tersura de los colores empleados, sobre el poder enigmático de la sonrisa de la donna…

COMUNICARTE

¿Tiene sentido una obra de arte que no se expone, que no se desnuda frente a la mirada de un público, sino es para comunicar algo? Esa es una de sus funciones sustantivas. El autor transmitirá sus sentimientos buscando empatía con su destinatario. Muchas veces lo logrará, pero en otras ocasiones las emociones del público serán diferentes a las del artista, incluso opuestas. Cuando esto último ocurre, la comunicación no se ha roto, por el contrario, ha creado nuevas respuestas que, incluso, pueden ser útiles para que el creador (si vive) reflexione y reformule algunos aspectos de su trabajo.

Tolstoi[2] incluso funda en esta posibilidad de intercambio social el objeto del arte: “lo artístico propiamente dicho no empieza hasta que el creador experimenta una emoción y quiere comunicarla a otros, y recurre para ello a signos exteriores”. Incluso plantea la posibilidad de experimentar nuevas sensaciones a través de lo estético: “un hombre cualquiera es capaz de experimentar todos los sentimientos humanos, aunque no sea capaz de expresarlos todos. Pero basta que otro hombre (el artista) los exprese ante él para que enseguida los examine él mismo, aún cuando no los haya experimentado jamás”.

EN LAS MARGINALIAS

¿Qué sucede cuando una obra no goza del consenso generalizado del público y de la crítica y se pone en duda su validez estética? Muchas creaciones del s. XX entran en este fangoso terreno de dudas. Son obras provocadoras, corrosivas, no aptas para espíritus conservadores. Allí se encuentra Fuente[3] de Marcel Duchamps, un urinario de porcelana que ilustra la idea de sacar un objeto corriente de su marco habitual y situarlo en un contexto nuevo y desacostumbrado; la poesía surrealista, la pieza musical de Cage 4’ 33’’[4] que no es más que el silencio absoluto durante ese lapso de tiempo, entre tantas más. En mi opinión, estas creaciones tienen un alto valor estético. En su momento sacudieron conciencias, despertaron vocaciones en miles de epígonos e introdujeron un nuevo concepto de arte que echaba por tierra el planteado por Aristóteles y defendido durante siglos. El arte también es no-representación, es descontextualización, es lógica del absurdo.

Así lo entendieron las vanguardias de principios del s. XX cuando, en el fragor de la I Guerra Mundial, se rebelaron a un mundo de “notables” que imponía la “razonable” idea de matar masivamente utilizando armas químicas. ¿Acaso no era más cuerdo jugar con sílabas guturales como Tzára[5] o exponer a la mirada especializada un urinario de porcelana? Sin duda era más cuerdo y también más divertido e inofensivo.

Sus experimentos trazaron gruesas líneas de acción que seguirían los artistas posteriores en las siguientes décadas al punto de institucionalizar un tipo de arte no-representativo y provocador. A mi juicio, muchos de estos creadores han abusado de cierta facilidad que no tiene nada que ver con lo estético. Así encontramos obras como Mensajero II[6] de Ryman que no es más que una fina lámina de aluminio atornillada a la pared a la que se le ha aplicado esmalte blanco. La reseña que acompaña el cuadro dice con seriedad: “ La obra […] inspira una tranquilidad estática de intensidad constante; también demuestra la peculiar interacción entre la superficie plana del cuadro y el plano de la pared. La […] relación con el minimalismo se hace evidente en la falta de emoción y de pretensiones ilusionistas en la composición”. ¿Por qué siento que este arte me estafa? Porque presiento que si me lo propusiera podría realizar Mensajero III, IV… CL. Eso sí, probablemente no saldría de la puerta de mi casa con mis cientos de valiosas obras ya que no poseo los contactos ni el mecenazgo adecuado que el pintor norteamericano debe tener. Este arte no provoca, no enfrenta el absurdo de la muerte, no divierte, no nada. Solo se justifica con frases recargadas de tecnicismos de críticos más preocupados en su metalenguaje que en la calidad de las obras que tienen que analizar.

PALABRAS FINALES

Faltaron muchos temas por tratar (tampoco Marito se refirió a todos los aspectos de la vaca) pero intenté plasmar algunas impresiones que venía cavilando desde hacia algún tiempo. En síntesis, el arte es emoción, es placer, es empatía, es comunicación. También es provocación, cambio de conciencias, revolución. Pero sobre todo es, tomando las ideas de Platón, “estado de almas desprendidas, posibilidad de contacto con las esencias puras”.

¿Y todo lo demás? Es artesanía, decoración, material de estudio para la arqueología.


[1] Platón (1950) Diálogos. Buenos Aires, Jackson, pp. 208 – 211

[2] Tolstoi, Lev Nikolaevich (1992) ¿Qué es el Arte? Barcelona, Ediciones Península.

[3] Obra de 1917. Porcelana. Su altura es de 33,5 cm. Actualmente se encuentra en el Indiana University Art Museum de Bloomington, Estados Unidos. Datos extraídos de: (1998) The Art Book. Todo el arte de la A a la Z . Buenos Aires, Planeta. p.142.

[4] Esta composición de John Cage data de 1954. “Allí, simplemente, un pianista (aunque la obra está pensada para cualquier instrumento o ensamble) se queda en silencio, sin hacer nada, durante el período pautado por el título […] La obra es lo que sucede en la sala mientras tanto y es una clase de composición que basa su funcionamiento en el factor sorpresa (por lo que excluye automáticamente el volver a ser presentada)”. Fischerman, Diego (1998) La música del siglo XX. Buenos Aires, Paidós. p. 95.

[5] Tzara, Tristan (1896-1963), ensayista y poeta francés nacido en Rumania y conocido principalmente por ser el fundador del movimiento dadaísta.

[6] La obra fue realizada en 1985 en impervo sobre aluminio. Su tamaño es de 40,6 x 40,6 cm. Datos y referencia extraídos de: The Art Book. Todo el arte de la A a la Z. Op. cit. p.408.

domingo 30 de agosto de 2009

Desaparecer

No tuvo
nombre
rostro
historia.

Sólo una mano
que borró las huellas.

Quiso
máscara
oficio
mujer
nicho
en el cielo de los piadosos.

Pero querer
no es el principio
para quien dio un paso
y empezó a caer.